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EL PUEBLO QUE NOS DIO LA RAZÓN SIN SABERLO


Del oro negro al oro verde
El pueblo que nos dio la razón sin saberlo

MELIANA LLEGÓ POR SU CUENTA A UNA CONCLUSIÓN QUE SE REPITE EN MEDIO MUNDO: CUANDO RECICLAR BIEN TIENE UNA CONSECUENCIA TANGIBLE, LOS HÁBITOS CAMBIAN.


Hace no tanto, Meliana aparecía en los medios por motivos bastante poco agradables.

Este municipio valenciano de l’Horta Nord había implantado un sistema de recogida puerta a puerta que terminó generando justo lo contrario de lo que se buscaba: bolsas acumuladas en las calles, problemas con las rutas de recogida y una sensación creciente de que aquello no estaba funcionando.


El propio Ayuntamiento ha reconocido aquella etapa sin demasiados rodeos, describiendo el modelo como un “desastre” y recordando cómo Meliana terminó siendo conocida como “el polo de la basura”.


No parece el mejor punto de partida para hablar de innovación.


Y, sin embargo, precisamente por eso el caso resulta interesante.


Porque Meliana decidió cambiar de rumbo. Volvió a los contenedores en la calle, pero no simplemente para regresar a lo de antes. Cambió también la lógica que acompañaba al gesto de separar los residuos.


EN LUGAR DE EXIGIR MÁS, DECIDIERON RECOMPENSAR


Cuando un sistema de gestión de residuos no funciona, hay varias respuestas posibles

Se pueden lanzar nuevas campañas de concienciación, endurecer las sanciones o repetir una vez más que reciclar correctamente es responsabilidad de todos.


Meliana eligió otra vía.


La idea era sencilla de explicar: si alguien separaba correctamente sus residuos, recibiría algo a cambio.


No únicamente la satisfacción de estar haciendo lo correcto.


Una recompensa visible.


Así nació RecySmart, un sistema que combina contenedores inteligentes, sensores y una tecnología capaz de comprobar si el residuo depositado corresponde a la fracción adecuada.


Cuando la separación es correcta, la persona recibe puntos en una cuenta virtual, accesible desde una aplicación móvil o mediante una tarjeta física. Después, esos puntos pueden convertirse en bonos de descuento para gastar en comercios del propio municipio.


Puede parecer un pequeño cambio, pero altera bastante la relación entre la ciudadanía y el sistema.


Reciclar deja de ser solamente una obligación y pasa a generar también un retorno cercano.


LA RECOMPENSA NECESITA VERIFICACIÓN


Hay otro elemento de RecySmart que resulta especialmente relevante.


El sistema no se limita a saber que alguien ha utilizado un contenedor. Los sensores permiten comprobar qué material se ha introducido y detectar errores o posibles intentos de fraude antes de asignar los puntos.


Esto es importante porque cualquier sistema basado en recompensas necesita confianza.


Si basta con registrar una acción para conseguir puntos, pero nadie comprueba que esa acción se ha realizado correctamente, todo el modelo puede perder credibilidad bastante rápido.


La recompensa funciona cuando existe una relación clara entre el comportamiento que se quiere fomentar y el premio que se entrega.


Para poner en marcha el sistema, Meliana ha contado con financiación del programa Territorios Innovadores de la Generalitat Valenciana, con más de 144.000 euros de inversión conjunta entre 2024 y 2025, distribuidos en dos fases.


DEL 12% AL 53% DE RECOGIDA SELECTIVA


Los números ayudan a entender por qué el proyecto merece atención.


En 2022, antes del cambio de modelo, la recogida selectiva en Meliana apenas llegaba al 12%.


Dos años después, la media rondaba el 53%.


El municipio se acercaba así a los objetivos europeos de reciclaje, que establecían un mínimo del 55% para 2025 y del 60% para 2030.


Pero hay otros datos que permiten ver mejor el cambio.


La recogida de vidrio aumentó un 28% y la de envases ligeros un 17%. Desde la puesta en marcha del sistema se habían separado correctamente más de 700.000 envases.

También empezó a aparecer algo que normalmente se menciona menos cuando hablamos de residuos: ingresos.


La venta del material recuperado había generado más de 60.000 euros en envases, además de otros 5.000 euros aproximadamente procedentes del papel y el cartón.


El municipio que unos años antes aparecía en los medios por la basura acumulada empezaba ahora a obtener valor económico de esos mismos residuos.


LA TECNOLOGÍA NO RECICLA. LAS PERSONAS SÍ (POR LO MENOS HASTA QUE LLEGUEN LOS HUMANOIDES)


Hablar de sensores, algoritmos y contenedores inteligentes puede hacer que parezca que la tecnología es la protagonista. Pero ningún sensor separa una botella ni ningún algoritmo baja de casa con una bolsa.


El sistema funciona porque la gente decide participar.


Más de 900 personas habían formado parte ya de las tres ediciones de la campaña de bonos, acumulando más de 36.000 euros en descuentos.


Y aquí aparece otro aspecto especialmente interesante.


Esos descuentos se utilizan en comercios de Meliana.


La recompensa vuelve a la panadería, la ferretería, la frutería o cualquier otro negocio adherido del municipio.


De esta forma, una herramienta diseñada inicialmente para mejorar el reciclaje acaba conectándose también con el comercio local.


No resuelve todos los problemas, evidentemente, pero consigue relacionar dos cuestiones que normalmente se gestionan por separado: sostenibilidad y economía de proximidad.


La propia alcaldesa de Meliana ha destacado que la participación vecinal ha sido fundamental. Desde el área de Nuevas Tecnologías y Proyectos Europeos también se ha señalado la importancia de la financiación autonómica para poder desplegar el sistema a esta escala.


Tecnología, financiación y participación ciudadana. Las tres piezas fundamentales para que funcione el sistema.


UNA MISMA IDEA EN LUGARES MUY DIFERENTES


Lo llamativo es que la lógica de Meliana aparece también en otros lugares del mundo.


En Noruega, el sistema de depósito y devolución lleva años funcionando mediante máquinas instaladas principalmente en supermercados. Al comprar determinados envases se paga un pequeño depósito que se recupera al devolverlos.


En Corea del Sur, los residuos alimentarios se pesan mediante sistemas asociados a las viviendas y una separación incorrecta puede terminar incluso en sanciones. El país mantiene tasas de reciclaje de residuos de comida cercanas al 97%.


En Australia, iniciativas como Envirobank + Velocity han convertido envases reciclables en créditos vinculados el descuento en el transporte.


Y en Brasil, programas como Ecoenel han permitido transformar materiales reciclables en descuentos en la factura eléctrica.


Los mecanismos son distintos: Dinero, puntos, transporte, descuentos o incluso multas. Pero detrás aparece una idea muy parecida: el comportamiento sostenible se mantiene mejor cuando tiene una consecuencia cercana, comprensible y tangible.


QUIZÁ CONCIENCIAR NO SEA SUFICIENTE


Durante años hemos confiado buena parte del cambio ambiental a una palabra: concienciación.


Y sigue siendo necesaria.


Entender por qué debemos separar los residuos o reducir nuestro impacto es imprescindible. Pero saber que algo es bueno no significa automáticamente que lo hagamos todos los días.


Los hábitos son bastante más complejos y por eso los incentivos resultan interesantes. No sustituyen la conciencia ambiental, sino que pueden acompañarla y hacer visible el resultado de una acción que, de otro modo, muchas veces parece no tener ninguna consecuencia inmediata.


Meliana ha conseguido convertir ese principio en algo cotidiano.


  • Depositar correctamente un residuo genera puntos.

  • Los puntos se convierten en descuentos.

  • Y los descuentos vuelven al comercio del pueblo.


La relación entre acción y resultado es fácil de entender.


UNA VALIDACIÓN QUE LLEGÓ SIN PEDIRLA


En modoBIM esta historia nos resulta especialmente cercana.


Entre 2022 y 2025 exploramos en Canarias una lógica similar mediante un proyecto municipal centrado en residentes, utilizando incentivos para reconocer determinados comportamientos sostenibles.


Ese proyecto ya concluyó, pero ahora parte de ese aprendizaje se está trasladando al ámbito turístico a través de HO2, todavía en fase de desarrollo.


Por eso el caso de Meliana resulta especialmente curioso. No porque exista ninguna relación entre ambos proyectos. Precisamente porque no la hay.


Meliana tenía su propio problema, buscó una solución y terminó llegando por su cuenta a una conclusión que también aparece en otros lugares del mundo.


Quizá esa sea una de las validaciones más interesantes que puede recibir una idea.

No que alguien te diga que tienes razón, sino descubrir que otras personas, organizaciones o ciudades, sin conocerse entre sí, se enfrentan a problemas parecidos y acaban llegando a principios similares.


Meliana empezó intentando resolver un problema de basura.


Y terminó demostrando algo bastante más amplio:


“Cuando queremos cambiar hábitos, quizá no baste con decirle a la gente lo que debería hacer. A veces también hay que conseguir que hacer lo correcto merezca la pena”.

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